La voz de los
ancestros siempre cuenta el camino, con esto intentamos decir que dentro de la
sociedad actual, no se puede asegurar que haya algo nuevo, el sistema y los
procesos que guían los estilos de vida de las sociedades solamente han sido
modificados, adecuados a la demanda de la era actual, es correcto hablar de
innovación, pero no de novedad. Esto también aplica para la sexualidad, y dado
que antes ya se habló de los factores que influyen en esta, podemos dar un
recorrido rápido por la historia de la sexualidad y la postura de Michel
Foucault. Jeffrey Weeks (1998) comenta que “Michel Foucault ha ido más lejos de
tratar de cuestionar la categoría misma de ‘sexualidad’: ‘La sexualidad no debe
pensarse como un tipo de hecho natural que el poder trata de mantener
controlado, ni como un dominio oscuro que el conocimiento trata de descubrir
gradualmente. Es el nombre que puede darse a un constructo histórico’.”.
Antes de seguir con
la historia de la sexualidad, debemos terminar de conceptualizar los factores
sociales de poder que se mencionaron antes (clase, género y raza), pues si bien
se desarrollan en la investigación de Foucault, no aparecen como tal.
Lenin (1948) define
a las clases sociales como “grandes grupos de hombres que se diferencian por su
lugar en el sistema históricamente determinado de la producción social, por su
relación (…) hacia los medios de producción, por su papel en la organización
social del trabajo y por consiguiente, por los medios de obtención y por el
volumen de la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos de
hombres en los que unos pueden atribuirse el trabajo de otros gracias a la
diferencia del lugar que ocupan en un determinado sistema de la economía
social”. En este aspecto, la sexualidad se ve limitada a las clases altas
(burguesas) debido a que las clases bajas (trabajadores – esclavos), deberían
realizar sus actividades laborales para mantener el sistema económico y
productivo en movimiento, por esta misma razón, la religión y el Estado
desarrollaron una serie de discursos represivos a primera vista, con el fin de
que esta tuviera exclusivos usos reproductivos, cosa que no sería igual en los
“ricos” (sin olvidar los ocupantes de los altos puestos en la Iglesia), quienes
se “preocupaban” por tratar de dar una explicación y uso de la sexualidad.
“Más que de una
represión del sexo de las clases explotables, se trató del cuerpo, del vigor,
de la longevidad, de la progenitura y de la descendencia de las clases
‘dominantes’ (…), autoafirmación de una clase más que avasallamiento de otra:
una defensa, una protección, un refuerzo y una exaltación que luego fueron (…)
extendidos a los demás como medio de control económico y sujeción política”
(Michel Foucault, 2005). De hecho, podemos decir que la idea de la “sexualidad”
tiene su origen en la burguesía, que permitió mantener el estatus de la
aristocracia decadente, así como de controlar la inmoralidad rampante de las
clases inferiores. Esto es reflejo de la represión de la edad media, pero si
volteamos a la cultura grecorromana, con la que nuestra sociedad actual en
occidente tiene cierto parecido, nos daremos cuenta que la clase no era un
mecanismo de control tal cual, en este caso, solo se mencionaba y era cotidiano
que un miembro de la clase alta fuera acompañado por otro de menor rango,
incluso podemos ver que los esclavos estaban por debajo de la clase baja, eran
anulados, cosificados, sujetos incapaces de negarse a la voluntad de su “amo”.
“En la sociedad esclavista de la Roma precristiana, las normas morales,
variaban con la posición social. ‘Ser impudicus’ (es decir, pasivo) es ignominioso
para un hombre libre (…) pero es la obligación absoluta del esclavo respecto de
su cómo, y el hombre manumiso [es decir, los esclavos
libres] tiene una obligación
moral de sumisión” (Jeffrey Weeks, 1998).
Esta cualidad de
“ser impudicus”, nos lleva a nuestro siguiente factor de poder, y es que, las
clases sociales se forman mediante hombres y mujeres, y las diferencias entre
clases y la posición que puede ocupar cada uno es determinado por ser hombre o
mujer, pues esto será entendido como actividad o pasividad respectivamente. Ser
hombre requería de una actitud de mando, ser racional y dominarse a sí mismo,
lo que permitirá que como el ser social por excelencia, pudiera gobernar y
dirigir el pueblo y su familia. En cambio, la pasividad era cualidad de la
mujer, misma que solo encontraba su sentido de ser dentro del matrimonio y la
familia, convirtiéndose en una propiedad del hombre; pese a esto, la mujer
tenía la posibilidad de tener una autoridad en su hogar, al estar ausente su
marido ejercía el derecho de toma de decisiones sobre la administración de los
bienes del hogar y la obligación de criar a los hijos, mientras que al estar
presente su esposo, inmediatamente perdía la autoridad, solo debía procurar y
cuidar a su pareja, pues se lo debía por todo lo que le proporcionaba y los
conocimientos que este pudo transmitirle.
“En cuando a la
Economía, atribuida a Aristóteles (…). Es dentro del contexto de una
distribución igualitaria de los poderes y de las funciones donde el marido debe
conceder el privilegio a su mujer, y es por una actitud voluntaria (…) que,
como quien sabe administrar un poder aristocrático, sabrá reconocer lo que es
de cada quien” (Michel Foucault, 2005). Aunque esto haya sido parte de la
sociedad grecorromana, aun en nuestras sociedades actuales, podemos ver que
esto no ha cambiado en nada, la única diferencia es que ahora la mujer se le
permite tener voz y voto que son tomados en cuenta.
En lo que respecta
al placer de la sexualidad, la pareja era una combinación del hombre activo y
penetrador, con la mujer pasiva y penetrable; de hecho las mujeres debían
llegar vírgenes al matrimonio, mientras que el hombre tenía permitido una
actividad sexual siendo soltero. Además la infidelidad solo era castigada en
las mujeres, pues el hombre podía tener un “desahogo” de la tensión sexual,
fuera con cortesanas o concubinas, situación en la que quien tenía el respeto
absoluto era la esposa, pues ella era la única que podía darle una descendencia
legitima, aun cuando la concubina fuera llevada a vivir bajo el mismo techo,
esta debía de atenerse a las reglas que la esposa impusiera en el hogar. “Demóstenes
(…) formula una especie de aforismo (…): las cortesanas existen para el placer,
las concubinas para los cuidados cotidianos; las esposas para tener una
descendencia legitima y una fiel guardiana del hogar” (Michel Foucault, 2005).
Otro punto a
destacar y en donde se presenta el término “impudicus”, es en las relaciones
con personas del mismo sexo. De inicio es obvio que el lesbianismo no era
aceptado, era castigado y pocas veces visto, pues si de inicio la mujer era una
propiedad y el placer sexual le era proporcionado por su esposo, el que un ser
pasivo se atreviera a tomar un papel activo para penetrar a otra mujer era algo
impensable y que rompe el estatus social y natural, aunque claro, esto no
significa que no existiera. En los hombres pasaba algo similar, pero no era
severamente castigado, de hecho, solo se limitaba a la burla y el estigma
social; la homosexualidad en el hombre era permitida si la actitud pasiva era
ejercida por alguien de menor edad o clase social, aunque esto aún presentaba
problemas, pues el hombre pasivo, en un futuro, debería ejercer una actitud
activa en la sociedad… ¿Cómo podría corromperse ese estatus?... en lo que
respecta a los esclavos, era casi parte de su trabajo, donde se centraba la discusión
era en los hombres libres, pues si un hombre se disponía a ser pasivo, debía
ser por placer, y enfrentarse a la humillación, o tenía que obligársele, siendo
algo más aceptable, pero aun así, mal visto. Muchos filósofos de ese entonces
llegaron a la conclusión de que la actividad era algo que debía protegerse, y
se consideraba que la amistad, libre de deseo sexual, era la única relación que
podía existir entre hombres, lo que hace referencia de la capacidad de control
y dominio de sí que el hombre debía tener.
Por otro lado, la
raza se cruza con la clase y el género; hacia el S. XVI, la raza era
considerada una necesidad para distinguir a las personas, basada en la religión
y reforzada por la sangre; de hecho, Mignono (2003) comento que “la pureza de
sangre”, no es otra cosa que la primera de muchas versiones para crear las
distinciones y categorías sociales. Esto cambia dentro de la sociedad Europea,
que al colonizar otras regiones, les hizo crear una ideología de superioridad,
dando inicio a la jerarquización, dominación y explotación de los “no blancos”,
que en América serían los “indios” y los africanos. “Detrás de todos (…) está
la suposición de que hay una norma de conducta sexual civilizada y apropiada
que todos deben respetar. A su vez, esta creencia esta codificada en una serie
de prácticas que van desde leyes de inmigración hasta la propaganda de control
de natalidad, desde las actitudes medicas hasta la patologización de distintos
esquemas de vida familiar en la psicología y sociología” (Jeffrey Weeks, 1998).
Es así como podemos
concluir que el poder funciona por medio de una serie de prácticas y conceptos
entrelazados; por lo tanto, las políticas sexuales no pueden ser únicas, en
lugar de considerar la sexualidad como un todo, debemos aceptar que hay una
diversidad sexual. “Hay sexualidades de clase y sexualidades de género, hay
sexualidades raciales y sexualidades de lucha y elección. La ‘Invención de la
Sexualidad’ no fue un acontecimiento único (…). Es un proceso continuo que
simultáneamente actúa sobre nosotros y del que somos actores, objetos de cambio
y sujetos de esos cambios” (Jeffrey Weeks, 1998).
Extraído de:
"Narcisismo y Bisexualidad" - Gustavo Alberto Nonato Reza
Proyecto de Titulación de Lic. en Psicología
Extraído de:
"Narcisismo y Bisexualidad" - Gustavo Alberto Nonato Reza
Proyecto de Titulación de Lic. en Psicología
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